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Hay una escena que muchas madres conocen bien.

Estás en casa, tu hijo está jugando tranquilo, y tú aprovechas para ir a otra habitación a hacer algo pendiente. Dos minutos después escuchas sus pasos, luego el llanto. «Mamá, ¿dónde estás?» Y cuando apareces, se aferra a ti como si hubiera pasado algo terrible.

Pero no ha pasado nada. Solo dejaste de estar visible.

Para ti, eso parece desproporcionado. Para él, era una emergencia real.

Entender por qué sucede eso —y lo que hay detrás del miedo en la infancia en general— es lo que quiero contarte hoy.

El miedo no es el enemigo: es protección

Antes de hablar de cómo acompañar el miedo, necesito decirte algo que a veces se pierde en la conversación sobre emociones: el miedo es necesario.

No es un defecto. No es una señal de que algo va mal en tu hijo. Es un sistema de protección antiquísimo, compartido con todos los seres vivos, que existe por una razón muy concreta: mantenernos a salvo.

Cuando un niño pequeño ve un perro grande que ladra fuerte y se aferra a ti temblando, su sistema nervioso ha hecho exactamente lo que tiene que hacer. Ha detectado una posible amenaza, ha activado la alerta, y ha buscado refugio en el lugar más seguro que conoce: tú.

Si ese sistema no existiera, los niños se pondrían en situaciones de peligro sin ningún freno instintivo. El miedo, en ese sentido, es inteligencia biológica.

El problema no es que sientan miedo. El problema es cuando el miedo no encuentra un lugar donde transitarse. Cuando la emoción se activa pero no puede completar su ciclo —buscar refugio, encontrar seguridad, recobrar la calma— y se queda anclada, activa, sin resolución.

Qué pasa dentro cuando un niño siente miedo

Imaginemos la escena del perro que ladra.

El niño se asusta. Se agarra a ti con fuerza. Y tú, desde la calma, le acogen: «Te ha asustado el perro. Aquí estás conmigo, estás seguro.»

En ese momento, algo muy importante ocurre. Tu calma se convierte en la suya. Tu cuerpo es el refugio donde el miedo puede transitarse sin ser aplastado. El niño siente la emoción, la atraviesa contigo, y poco a poco recobra la calma.

Y eso lo integra. Su cerebro registra: «Sentí miedo, busqué un lugar seguro, lo encontré, recobré la calma.» Ese ciclo completo construye algo muy valioso: la capacidad de tolerar emociones intensas sin desbordarse.

Ahora imagina que en esa misma escena, en lugar de acoger, la respuesta es: «No seas cobarde, que el perro no hace nada. Venga, no llores.» El miedo estaba ahí. Era real. Pero no encontró refugio. No tuvo espacio para transitarse. Y se queda en suspensión, sin cierre.

Con el tiempo, ese patrón repetido —miedo sin refugio— puede generar una mayor sensibilidad al peligro, más dificultad para calmarse, más necesidad de evitar situaciones que activen ese circuito.

Los miedos que no entendemos pero que son igual de reales

El perro que ladra es fácil de entender. Pero hay otros miedos infantiles que nos desconciertan mucho más.

Ir a casa de alguien desconocido. Entrar a un cumpleaños con muchos niños. La primera semana en el cole nuevo. El sonido de la tormenta. Quedarse en una habitación que acaba de quedar en silencio.

Para el adulto, muchas de esas situaciones no tienen ningún peligro real. Pero para un niño pequeño, todo lo desconocido puede activar el mismo sistema que activa el perro que ladra: alerta, inseguridad, búsqueda de refugio.

No hace falta entender el miedo de tu hijo para acompañarlo. Hace falta respetarlo.

Decirle «eso no da miedo» no elimina el miedo. Solo le enseña que sus emociones no son válidas, que lo que siente no importa, que tiene que esconder lo que le está pasando para no decepcionar al adulto.

Acoger el miedo, aunque no lo comprendas del todo, le enseña algo muy diferente: que puede sentir lo que siente, que no está solo en eso, y que hay un lugar seguro donde aterrizar cuando la intensidad es demasiada.

Por qué te buscan cuando sienten miedo: el refugio eres tú

Cuando los niños son pequeños —y esto dura más de lo que a veces pensamos—, tú eres su base de seguridad. Su sistema de referencia. El lugar desde el que se atreven a explorar el mundo.

Pueden estar jugando durante un buen rato completamente absorbidos en su juego, siempre y cuando sepan dónde estás. No necesitan que estés encima. Solo necesitan tenerte ubicada. Con verte, con saber que si te necesitan van a poder encontrarte, es suficiente para sentirse seguros y seguir adelante.

Pero cuando de repente no te encuentran —porque te fuiste sin decir nada, porque hiciste la «bomba de humo» pensando que así evitabas el llanto— algo en ellos se activa. No saben dónde estás. Y eso, para un niño pequeño, es una emergencia.

No te van a buscar porque sean manipuladores o caprichosos. Te buscan porque están asustados.

La «bomba de humo»: por qué no funciona y qué hacer en su lugar

Muchas madres me cuentan que se escabullen cuando el niño está entretenido porque saben que si avisan van a empezar el llanto y el enganche. Y es comprensible. A veces necesitamos ir al baño, preparar la cena, hacer una llamada.

Pero la estrategia de desaparecer sin avisar tiene un coste que no siempre vemos.

Cada vez que un niño levanta la vista y no te encuentra, su sistema de alarma se activa. Y si eso se repite, lo que aprende no es a ser más independiente. Lo que aprende es que los adultos desaparecen sin avisar. Que no puede confiar en que vas a estar cuando te necesite. Y paradójicamente, eso lo vuelve más dependiente, más pegado, más ansioso cuando te separa de su vista.

Lo que funciona es lo contrario: avisar. «Voy a la cocina a preparar la comida. Si me necesitas, aquí estoy.» Eso le da información. Le da capacidad de predecir. Y la capacidad de predecir es seguridad.

A veces llorará igualmente. Pero desde un lugar diferente. No desde el miedo a que hayas desaparecido, sino desde el no querer que te vayas. Y eso, aunque también cuesta, es una experiencia emocional muy distinta.

Cómo responder cuando siente miedo: lo que de verdad ayuda

No hay una fórmula exacta. Pero hay una actitud que lo cambia casi todo: ir hacia él con calma.

Cuando tu hijo siente miedo y te busca, tu calma es su medicina. No las palabras perfectas. No la explicación racional de por qué no hay peligro. Tu presencia tranquila, tu cuerpo accesible, tu voz calmada.

Algunas cosas concretas que ayudan:

Acoger antes de explicar. Primero el abrazo, primero el «aquí estoy», y luego, si hace falta, las palabras. Un niño desbordado por el miedo no puede procesar explicaciones hasta que su sistema nervioso se haya calmado un poco.

Nombrar lo que está sintiendo. «Te ha asustado el perro.» «No conocías a esa gente y eso te ha dado inseguridad.» Poner nombre a la emoción no la amplifica. Al contrario: la organiza. Le ayuda a entender qué le está pasando.

No minimizar. «No es para tanto» cierra la puerta. «Entiendo que te ha asustado» la mantiene abierta.

Darle tiempo. El miedo no desaparece porque le digamos que desaparezca. Necesita su propio tiempo para transitarse. Cuando la calma llega sola, después de haber sido acogido, es mucho más sólida.

Cada vez que te encuentra, la seguridad crece

Hay algo muy hermoso en cómo funciona el apego seguro, y es esto: cada vez que un niño siente miedo, te busca y te encuentra, su capacidad de tolerar la incertidumbre crece un poco más.

No de golpe. No de un día para otro. Sino poco a poco, experiencia tras experiencia. Su cerebro va registrando: «Cuando siento miedo, busco refugio. El refugio existe. Recobro la calma. Puedo seguir.»

Y con el tiempo, ese refugio que primero estaba completamente fuera —en ti— empieza a construirse también dentro. Los niños que han sido bien acompañados en sus miedos desarrollan una capacidad mayor para calmarse solos, para tolerar lo desconocido, para recuperarse tras un susto.

No porque los hayamos sobreprotegido. Sino justo por lo contrario: porque estuvimos lo suficientemente cerca como para que pudieran atreverse a alejarse. Y siempre hay que tener en cuenta, que cada niño vive el mundo desde un lugar diferente, niños que caminaran sobre el miedo, y será una emoción muy presente en sus vidas, y niños que solo la vivirán de manera más puntual.


Si ves que el miedo en tu hijo es muy intenso, muy persistente, o que te está generando mucha angustia a ti también gestionar esas situaciones, no tienes que resolverlo sola.

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