Cuando hablamos de acompañamiento emocional, hay algo que noto casi siempre en las madres con las que trabajo: una mezcla de querer hacerlo bien y no saber muy bien por dónde empezar.
Y tiene todo el sentido del mundo. Porque la mayoría de nosotras no crecimos en entornos donde las emociones se acompañaran. Crecimos en entornos donde se ocultaban, se negaban, se intentaban modificar lo antes posible para que dejaran de molestar.
Así que antes de hablar de qué podemos hacer con las emociones de nuestros hijos, quiero hablar de dónde venimos. Porque entender el punto de partida lo cambia todo.
Lo que hemos heredado: una cultura de emociones negadas
Durante décadas —y en muchos contextos todavía hoy— la respuesta automática ante una emoción intensa ha sido intentar pararla.
Un niño que llora: «Venga, ya está, que no es para tanto.» Un niño enfadado: «Deja de hacer eso ahora mismo.» Un niño con miedo: «No seas cobarde, que no pasa nada.»
No porque los adultos queramos hacerlo mal. Sino porque nadie nos enseñó otra cosa. Nosotros también crecimos así: con nuestras emociones interrumpidas, minimizadas, escondidas debajo de la alfombra.
El resultado es que llegamos a la maternidad con un vacío enorme. Queremos acompañar las emociones de nuestros hijos, pero no sabemos cómo. Porque nadie acompañó las nuestras. Y cuando ellos explotan, cuando lloran sin parar, cuando montan una rabieta en medio del supermercado, algo dentro de nosotras se remueve de una manera que va mucho más allá de la situación concreta que estamos viviendo.
Eso no es un defecto tuyo. Es una herencia. Y como toda herencia, se puede revisar.
Qué dice la neurociencia sobre las emociones
En los últimos años, los avances en neurociencia e imagen cerebral nos han dado algo muy valioso: pruebas de lo que pasa dentro del cerebro cuando una emoción se vive, se acompaña o se bloquea.
Y lo que muestran esas pruebas es importante: las emociones dejan huella. No de manera metafórica, sino de manera literal y física en el cerebro.
Cuando de pequeños vivimos situaciones de miedo intenso, de angustia sostenida, de rabia sin salida, y esas emociones no encontraron una respuesta que las acompañara, el recuerdo de esa experiencia queda registrado. Y ese registro vuelve. En otros momentos de la vida, en otras situaciones que activan el mismo circuito emocional, ese recuerdo se reactiva.
Por eso hay adultos que se paralizan ante el conflicto. O que explotan de forma desproporcionada ante algo pequeño. O que sienten una angustia que no saben de dónde viene. Muchas veces no es la situación presente la que está generando esa intensidad, sino el eco de algo que quedó sin cerrar mucho tiempo atrás.
Acompañar las emociones desde que los niños son pequeños es, en parte, evitar que esos ciclos queden abiertos. Es construir un cerebro que sabe que sentir es seguro.
El ciclo de la emoción: qué pasa cuando se completa y qué pasa cuando no
Las emociones tienen una estructura. No son caos, aunque a veces lo parezcan.
Una emoción nace porque ocurre algo —un acontecimiento, una situación, una percepción— que activa una respuesta interior. Esa emoción se desarrolla, busca su expresión, y si encuentra el espacio para hacerlo, llega a su cierre natural. La persona vuelve a la calma. El ciclo se ha completado.
Cuando eso ocurre de manera repetida a lo largo de la infancia, el niño aprende algo fundamental sin que nadie se lo explique: que las emociones pasan. Que por muy intensas que sean, tienen un principio y un final. Que no hay que temerlas porque no se quedan para siempre.
Pero cuando el ciclo se interrumpe, algo diferente ocurre.
Imagina un niño que siente rabia y empieza a expresarla con mucha energía —porque la rabia es energía, es movimiento, es necesidad de cambio— y en ese momento un adulto lo para: «Para ya. Deja de hacer eso. Cálmate.» La emoción no ha terminado su ciclo. La energía no ha salido. Y esa energía se queda dentro, acumulada, sin vía de escape.
Si eso se repite, la acumulación crece. Y llega un punto en que la emoción estalla por cualquier pequeña cosa, de manera que a los adultos nos parece desproporcionada. Pero no lo es. Es todo lo que no pudo salir antes, buscando finalmente su salida.
Si lo que sentimos fue miedo, y ese miedo no encontró alivio, no encontró un lugar seguro en el que recobrar la calma, la emoción del miedo queda activada, y puede hacer que se active en momentos que no son necesarios. Si los adultos que acompañaros a los niños cuando sentían miedo les gritaron o les dijeron que pararan ya, que eso era tontería, el niño no deja de sentir miedo, sino que acaba teniendo miedo de la reacción del adulto.
Las emociones son innatas, no se pueden eliminar
Hay algo que es importante entender antes de seguir: las emociones no se pueden eliminar. No porque seamos débiles o no tengamos suficiente fuerza de voluntad. Sino porque no están diseñadas para desaparecer. Están diseñadas para ser sentidas.
Son innatas. Las compartimos con los animales. Nacen desde un lugar que no es racional, desde un sistema mucho más antiguo que el pensamiento consciente. Y precisamente por eso tienen tanta fuerza.
Hemos aprendido mecanismos para ocultarlas, para disfrazarlas, para convencernos de que no las sentimos. Pero la emoción siempre encuentra la manera de manifestarse. A través del cuerpo —la tensión en el cuello, el nudo en el estómago, el llanto que aparece cuando menos lo esperamos—, a través de la conducta, a través de las relaciones.
El cuerpo sabe. Y si aprendemos a escucharlo —en nosotras y en nuestros hijos— tiene mucho que contarnos.
La emoción como información, no como problema
Quizás el cambio más importante que podemos hacer en nuestra relación con las emociones —las propias y las de nuestros hijos— es este: dejar de verlas como algo que hay que resolver y empezar a verlas como información.
Una emoción no es un problema. Es una señal. Nos dice algo sobre lo que estamos viviendo, sobre lo que necesitamos, sobre lo que nos importa.
El miedo dice: hay algo aquí que percibo como peligro, necesito protegerme. La rabia dice: algo no está bien, necesito que las cosas cambien. La tristeza dice: he perdido algo que tenía valor para mí, necesito tiempo para asimilarlo.
Cuando empezamos a escuchar esa información en lugar de apagarla, todo cambia. Nuestra relación con nuestras propias emociones cambia. Y también la manera en que respondemos a las de nuestros hijos.
El autoconocimiento: el trabajo que empieza en una misma
Hay algo que los hijos hacen sin querer y que pocas cosas en la vida consiguen: ponernos frente a un espejo.
Nos muestran nuestras luces. Y también nuestras sombras. Nos hacen conectar con partes de nosotras que creíamos tener bien guardadas. Y a veces, lo que nos remueve tanto cuando nuestro hijo llora o explota no es tanto lo que está haciendo él, sino lo que eso despierta en nosotras.
Por eso el acompañamiento emocional no es solo un trabajo hacia afuera —hacia nuestros hijos—. Es también un trabajo hacia adentro. De observación. De autoconocimiento. De preguntarse: ¿qué es lo que me está removiendo esto a mí? ¿Qué está tocando en mi historia?
Ese trabajo no es sencillo. Pero es de los más valiosos que podemos hacer. Porque cuando empezamos a conocer nuestras propias emociones con más claridad, también empezamos a acompañar las de nuestros hijos desde un lugar más tranquilo.
La buena noticia es que esto no requiere haberlo hecho bien desde el principio. No requiere una infancia perfecta ni haber tenido unos padres que supieran acompañar. Requiere estar dispuesta a mirar. A aprender. A hacer las cosas de manera diferente a como las viviste tú, aunque a veces cueste y aunque no salga siempre bien.
Eso ya es acompañamiento emocional. Eso ya es mucho.
En las próximas entradas voy a hablar de dos emociones concretas que suelen generar mucha confusión y mucha angustia en las familias: el miedo y la rabia. Cómo reconocerlas, qué hay detrás de ellas y cómo acompañarlas de verdad.
Si mientras tanto sientes que necesitas apoyo en este camino, que hay algo en la gestión emocional de tu hijo —o de la tuya propia en la maternidad— que se te está haciendo cuesta arriba…
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